miércoles, 28 de octubre de 2009

lobotomía

Todos nacemos con algún tipo de deficiencia. Con alguna malformación.
Todos somos el aborto de algo. Siempre hay alguna tara. En nuestra cabeza, en nuestro cuerpo.



Cuando Howard Dully era una niño, un simpático neurólogo norteamericano llamado Freeman (de nombre Walter), le detectó una serie de defectos mentales. Por aquel entonces Howard no entendía muy bien de qué iba el asunto pero intuía que algo no funcionaba muy bien en su cabeza. Eso le decían. En todo caso, el señor Freeman, quien no contaba con la licencia de cirujano, fue muy atento y amable y aseguró que le ayudaría. Había nacido anormal (una afirmación muy rotunda) pero podría curarse. Era abril cuando el señor Freeman le mandó tumbarse en una camilla, lo anestesió con una máquina de electro-shock que le hizo convulsionar, y después cogió una especie de picahielos y le perforó el cráneo con él, cerca del ojo. El proceso no fue tan agradable como lo era el señor Freeman. Un cincel que le penetraba en la cabeza. El doctor golpeó el picahielos con un mazo de caucho en repetidas ocasiones, sin llegar a rozar el globo ocular, hasta alcanzar el interior del cráneo del pequeño y ensuciar la herramienta de sangre. Seccionó unas cuantas fibras nerviosas, las que estaban defectuosas. Había muchas personas que lo observaban y murmuraban y sonreían.
Howard Dully no podía sonreír.



Después de unos cuantos miles de casos más, llegaron los anti-psicóticos, a finales de los sesenta. Las drogas fueron la solución.

1967, fin de las lobotomías, llegada del verano del amor.



“Te voy a incrustar un pica hielos en el ojo,
eso te hará sentir mejor”

1 comentarios:

Margot dijo...

wow, interesante historia :)

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